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        Revista de análisis Político y Cultural de El Salvador y Latinoamérica Diciembre 17, 2017     
 
 
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No tendremos nuestro Ríos Montt

Julio Martínez. Maestro en Educación, Posgrado en Antropología Social.

 
 

No hay duda que el proceso, juzgamiento y encarcelamiento del General Ríos Montt en Guatemala ha tenido un sonido fuerte en El Salvador, y se ha seguido de cerca por algunos sectores interesados en conocer cómo se desarrolla y los resultados del mismo.

La Sentencia dictada por el tribunal podría haber sido cualquiera. Yo pensaba que el juzgamiento iba a tener el final que tienen todos los juzgamientos de gente con poder, es decir, iba a terminar con un general absuelto por la justicia guatemalteca, y pasaría a formar parte de las diversas acciones en las que se arma un show y se cierra con lo de siempre, favoreciendo a quienes más pueden. No fue así, resultó para mí, una sorpresa el avance de la justicia, las organizaciones judiciales y la conciencia en Guatemala.

Si bien, la Sentencia fue anulada por la Corte Suprema de dicho país, y llama a un nuevo juicio; lo importante es que la Verdad se divulgo en todo el mundo, el General Efraín Rios Montt fue condenado a 80 años de prisión por cometer genocidio contra casi dos mil indígenes Ixchil. La verdad ya se conoce, el pueblo de Guatemala ya ganó, quien perdió fue el sistema de justicia y el actual gobierno y el Estado perdió total credibilidad.

Pensaba el otro día si algo así había sucedido en El Salvador alguna vez, y encontraba que todos aquellos que asesinaron a los pueblos originarios durante la colonia recibieron premios en tierras y más indígenas para "evangelizarlos" en una religión que es capaz de matar, dejar morir y condenar sin más. Me remontaba en la historia al siglo XIX, a la persecución de los Nonualcos y en particular en la familia de Anastasio Aquino, quien debió, seguramente, sufrir persecución a grado tal que se cambiaron el apellido.

Luego me remonté al año 1932, vi los muertos y miré la cara de Max Hernández Martínez sin absolución de la historia. Todos los muertos de ese año siguen esperando que haya un juicio que al menos, intente hacer la justicia necesaria que nos lleve a mitigar el dolor. Ya no podrá ser, Max murió asesinado en mayo de 1966 por su propio empleado Cipriano Morales en Jamastrán, Danlí, Honduras.

El número de masacres en el país es sorprendentemente grande, más sorprendente es la indiferencia con la que hoy nos acercamos a la historia, sin comprenderla, la masacre de Las Hojas, la de Guajoyo, la del Junquillo, la de San Sebastián, la del Calabozo, la de Santa Rita, la de Canoas, la de Guacamaya, la del Metayate, la de Palo Grande, la de Sisiguayo, la de Tenango, la de la Tigra, la de Copapayo y la de la lista interminable. Todas tienen nombre de quienes dirigieron la operación militar.

En El Salvador es prohibido hablar de masacres, es prohibido hablar de justicia, algunos queriendo liberarse del futuro decidieron crear una ley general de amnistía que protege a unos en la derecha y a otros en la izquierda, bajo el precepto de que la guerra es la guerra. Sin embargo se olvidan de dos cosas:

1. las guerras tienen dirigentes y esos son los últimos responsables. Generalmente esos dirigentes no están en el frente de las tropas, esos solo ordenan, tienen dosis altas de poder. Por último, es una decisión tomada con la conciencia y el uso del poder de cada cual.

2. La necesidad de comprender, conocer la verdad y juzgar a quien se deba juzgar es un apoyo muy fuerte para la reconciliación nacional. Hoy día seguimos como país, como grupos sociales, enfrentados, con formas de violencia diferentes pero enfrentados. El pasado nos persigue, nos asusta y no podemos deshacernos de él.

Los fantasmas de las masacres están ahí gritándonos y nosotros sin poder hacer nada, escuchando el más fuerte de los argumentos: tenemos amnistía.

En El Salvador, no tendremos nuestro Ríos Montt, pero cuanto bien haría a la consciencia nacional, a la construcción de la nación, a la consolidación de la democracia, que los malos tuvieran lo que merecen.

De repente me pasa por la memoria el cuento del matrimonio donde hubo infidelidad, y el esposo que había sido engañado (es claro que es un cuento machista donde la mujer engaña) le pregunta por qué, y ella, arrepentida responde que fue causado porque el otro le daba dinero. Él pregunta dónde está ese dinero y toma una de las monedas, le hace un hueco, y la cuelga de una cinta sobre la mesa del comedor. Cada vez que la familia se sentaba en la mesa, el tipo le daba un toque a esa moneda. La mujer termina suicidándose. Creo que como sociedad nos pasa que cada vez que recordamos nuestros muertos, nos asoma el rencor y el odio.

No nos hemos perdonado, porque todavía no encontramos la justicia que queremos. Nosotros no tendremos nuestro Ríos Montt, algo hace falta de este lado de la frontera de Guatemala.


1o de junio de 2013
 
 

 

   
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